En Chile, el paraíso neoliberal, el Estado mínimo demuestra su carácter de instrumento de una casta privilegiada que busca mantener e incrementar sus ganancias durante la pandemia, y por eso descarta medidas radicales para proteger al pueblo.

Se desmorona así la imagen del “modelo” que se impuso en dictadura y se profundizó en la post-dictadura. El hacinamiento en las cárceles, viviendas sociales, centros de trabajo, son una bomba de tiempo sanitaria.

El creciente desempleo y no pago de salarios agudizan la angustia de millones. Pero hay personas que resisten y se organizan, y mantienen sus luchas vivas. Especialmente mujeres.

Las pandemias en la historia han acelerado los cambios de gran magnitud, y el nuevo coronavirus, causante de la enfermedad COVID-19, está también acelerando la transformación del sistema productivo mundial.

En Chile la rebelión iniciada en octubre está suspendida en sus manifestaciones callejeras. El abandono evidenciado en la crisis ha aumentado el descontento, mientras el Gobierno y sus aliados políticos montan un gran aparato represivo para, después de la epidemia, detener el curso de los cambios que estaban en marcha.